Me ensordece el ruido de los claxon y de los motores sedientos de crudo,
me ciega que unas luces verdes me permitan caminar y que unas rojas no,
me sabe ácido el desayuno al tragar con la rutina y su orden quimérico de perfección,
me asquea el nauseabundo olor de la ausencia de la esencia perfecta del azar,
me entristece sentir el tacto del vacío más inhóspito que se construye día a día.

Añoro cambiar las farolas por estrellas y el ruido sordo de la muerte por la vida y el silencio,
añoro cambiar las arterias de alquitrán por los ríos y el manto gris de cáncer por el azul cielo.

Me asquea la vacuidad de la gente y sus ojos opacos,
me asquea su falta de empatía y su hedor a vacío.
Me asquea el rebaño superficial que se cree lobo pero se esquila a diario,
los ficticios y afligidos corazones incapaces de encontrar lo realmente bello.
Añoro el calor humano, las sonrisas sinceras y las almas completas.
Deseo ver más festos altruistas y menos ego endémico, viral y homicida.

Echo de menos estar perdido porque echo de menos salir a buscarme con un mapa virgen,
echo de menos que mi reloj sean los astros y que el tiempo se encuentre con el sentido,
echo de menos escuchar tan sólo la melodía de mis pasos y el susurro de mis latidos,
echo de menos despertar en otro mundo, echo de menos de volver al infinito, infinito, infinito...
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