Alicates, pinzas y sus manos, herramientas propias del escultor que produce, a partir del acero y el bronce, pequeños fragmentos de imaginación. Dobleces precisos y cortes certeros manifiestan la técnica del artesano callejero que expresa, en estos trozos de metal finamente entrelazados, la cultura de su raza; manifestación respetuosa que homenajea, en calla voz, las liricas sentidas de tonadas vallenatas que gritan juglares con herramientas de viento y cuerdas. En pocos minutos y con mucha destreza se produce la pequeña figura homologa del musico que en una concurrida calle de Bogotá espera, callada, paciente y siempre reluciente entre sus congéneres para ser detallada y admirada. Entre tantas vitrinas luminosas, anuncios gigantescos y mercancías relucientes espera humildemente, sobre una tela vieja y arrugada, la oportunidad de resaltar para al fin encontrar algún espectador que pueda costear una pequeña suma por su libertad, una libertad que le permita salir de la ignominia de su irónica evidencia poco evidente.
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